En el post anterior nos quedamos con algo pequeño y a la vez enorme: desarmar las palabras. Es el primer paso que León XIV propone para responder a la cultura del poder que describe en el capítulo quinto de la Magnifica Humanitas. Pero no es el único. La encíclica ofrece un mapa más amplio — cinco vías concretas de responsabilidad cotidiana que, juntas, van tejiendo lo que el documento llama la «civilización del amor».
Vale la pena decir algo antes de entrar en ellas. León XIV es explícito al advertir sobre una tentación sutil: pensar que «los problemas son demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños» y que, por tanto, «nuestras decisiones no cambian nada» (cf. n. 212). Es, dice el Papa, «una forma elegante de rendirse, a menudo disfrazada de realismo» (n. 212). No todos tienen el mismo poder de influir sobre la realidad — hay quienes gobiernan, quienes deciden inversiones, quienes educan, quienes informan. Pero nadie está exento de responsabilidad. Cada uno tiene un ámbito propio de acción, y ahí, no en otro lugar, se decide si alimentamos la lógica de la fuerza o la lógica de la paz.
Con esa advertencia como punto de partida, veamos las cinco vías. Y como esta serie ha querido ser siempre algo más que un comentario, cada vía termina con una práctica concreta — pequeña, al alcance de cualquiera — para empezar esta misma semana.
Primera vía: desarmar las palabras
La trabajamos en detalle en el post anterior, así que aquí basta recordarla como punto de partida de todo lo demás. Antes de cualquier otra acción, hay una responsabilidad que empieza en la manera en que hablamos de los demás. La violencia se prepara mucho antes de estallar — se prepara en el lenguaje que la va normalizando. Desarmar las palabras no es evitar el desacuerdo. Es decir incluso el desacuerdo sin desprecio.
Para practicar esta semana: antes de reenviar, comentar o repetir algo sobre alguien con quien no estás de acuerdo, hazte una sola pregunta: ¿lo diría así, con esas mismas palabras, teniendo a esa persona delante?
Segunda vía: construir la paz en la justicia
Aquí la encíclica hace una distinción importante que conviene no pasar por alto. No se trata de buscar una paz cualquiera — una simple ausencia de conflicto, conseguida al precio que sea. Se trata de la paz verdadera, que nace de la justicia. León XIV lo dice citando el salmo: «la justicia y la paz se besarán» (cf. n. 215).
Y aquí trae una cita de San Agustín que tiene una fuerza particular, porque desmonta una excusa muy común. Comentando ese mismo versículo del salmo, Agustín escribía: «Nadie hay que no desee estar en paz, pero no todos quieren practicar la justicia» (n. 215). Es fácil desear la paz en abstracto. Es mucho más exigente practicar la justicia en concreto — no robar, no engañar, no hacer al otro lo que no queremos que nos hagan, no hablar de otros lo que no queremos que hablen de nosotros.
Fíjate en algo: Agustín no habla de tratados internacionales ni de resoluciones de la ONU. Habla de lo que haces hoy con tu vecino, con tu colega, con tu familia. La paz que no está sostenida por esa justicia cotidiana es, en el fondo, una ilusión que se derrumba a la primera tensión real.
Para practicar esta semana: identifica una injusticia pequeña que está a tu alcance reparar — una deuda pendiente, una palabra que diste y no cumpliste, un mérito ajeno que no reconociste. Y repárala.
Tercera vía: asumir la mirada de las víctimas
Esta es, quizás, la vía más exigente de las cinco. León XIV es directo: hay situaciones en las que «para seguir siendo humanos, debemos abandonar las vacilaciones y tomar partido» (cf. n. 216). No basta con la neutralidad cómoda de quien observa desde lejos y se asegura de «no ser cómplice». Hay atrocidades frente a las cuales la equidistancia es, en sí misma, una forma de complicidad.
Y no pensemos que tomar partido es cosa de diplomáticos o de organismos internacionales. Tomar partido puede ser algo tan simple — y tan difícil — como negarse a repetir el chiste que deshumaniza, corregir en la sobremesa familiar la frase que reduce a un pueblo entero a una caricatura, o elegir qué contenido compartimos y cuál no.
La encíclica invita a algo muy concreto: mirar los rostros, escuchar las historias, reconocer las heridas (cf. n. 217). No quedarse en el análisis abstracto de un conflicto lejano, sino dejarse tocar por lo que le pasa a quien lo sufre en carne propia. Dar espacio, en la conversación y en la manera de informarnos, a la voz de quienes han sido víctimas — no como morbo, sino como forma de tomar conciencia real del abismo de maldad que encierra toda violencia.
Para practicar esta semana: elige un conflicto que sigues por las noticias y busca un testimonio directo de alguien que lo sufre — no un análisis sobre él, sino una voz desde dentro. Escúchala completa.
Cuarta vía: cultivar un sano realismo
Esta vía responde directamente a la discusión sobre la guerra justa. La encíclica advierte contra dos extremos igualmente peligrosos. Por un lado, el idealismo que selecciona los hechos a su conveniencia y termina habitando una realidad construida a la medida de sus propias convicciones. Por otro, «un realismo degradado que confunde la constatación con la resignación» (n. 218) — es decir, la idea de que porque la fuerza domina hoy, debe seguir dominando siempre.
El sano realismo que propone León XIV no cae en ninguno de los dos. Ve con claridad los intereses, los miedos y las relaciones de poder que existen realmente — sin idealizar nada. Pero precisamente por ver con esa claridad, busca caminos concretos y viables para que la paz sea más que una palabra: instituciones creíbles, garantías verificables, negociación paciente.
Para practicar esta semana: nombra un conflicto de tu propio entorno — en la familia, en el trabajo, en la comunidad — donde ya te resignaste («esto siempre fue así, no va a cambiar»). Y pregúntate honestamente: ¿qué paso pequeño y viable existiría, si dejara de dar la situación por perdida?
Quinta vía: relanzar el diálogo
La última vía cierra el círculo con algo que ha atravesado toda esta serie desde ángulos distintos. El diálogo no es debilidad ni ingenuidad. Es, dice la encíclica, «el principal instrumento de la convivencia entre las personas y entre los pueblos» (n. 219). Y no se limita a las relaciones diplomáticas entre estados — es, ante todo, una actitud cotidiana: escucha, miradas sinceras, tiempo dedicado al otro, incluso tiempo aparentemente «perdido» en su compañía.
León XIV recuerda algo que dijo al inicio de su pontificado y que vale la pena repetir aquí: «los demás no son ante todo enemigos, sino seres humanos: no son malos a quienes odiar, sino personas con quienes hablar» (cf. n. 222). Es una frase sencilla que, sin embargo, exige revisar buena parte de cómo hablamos hoy de quienes piensan distinto — en la política, en la familia, en la parroquia, en cualquier espacio donde el desacuerdo tienta a convertir al otro en adversario en lugar de en interlocutor.
Para practicar esta semana: dedica tiempo «perdido» con alguien con quien has evitado hablar. Sin agenda, sin intención de convencer. Solo estar y escuchar.
Cinco vías, un mismo camino
Vistas juntas, estas cinco vías no son cinco tareas separadas. Son distintas expresiones de una misma conversión: dejar de ver al otro como enemigo y empezar a verlo como hermano-hermana. Desarmar las palabras es el primer gesto de esa conversión. Construir la paz en la justicia es su fundamento. Asumir la mirada de las víctimas es su compasión concreta. Cultivar un sano realismo es su lucidez. Relanzar el diálogo es su método permanente.
Ninguna de las cinco requiere ser presidente de un país ni dirigir una organización internacional. Todas están al alcance de cualquier persona, en cualquier lugar, empezando hoy mismo, en el ámbito propio de responsabilidad que cada uno tiene — por pequeño que parezca.
Así que la pregunta con la que quiero dejarte no es qué te pareció la encíclica. Es otra, más incómoda y más fecunda: ¿por cuál de las cinco vías vas a empezar? Elige una — solo una — y dale una semana. Después me cuentas.


