Todos estamos cambiando. Y con nosotros están cambiando las generaciones más jóvenes — de una manera más profunda, más estructural, más difícil de ver desde fuera.
Los estudios recientes en varios países coinciden en un dato inquietante. Está disminuyendo nuestra capacidad de sostener la atención. Menor tolerancia al aburrimiento. Menos experiencia de conversación cara a cara. Menos memoria autobiográfica. Menos vocabulario. Y una relación con la lectura profunda que, para muchos — jóvenes y no tan jóvenes — ya es cada vez más difícil.
Esto no es un juicio moral. Es una descripción. Y no es culpa de los usuarios. Es la consecuencia previsible de vivir en un mundo donde una pantalla — con notificaciones, con estímulos constantes, con recompensas instantáneas — está disponible desde antes de que aprendamos a esperar.
Y ahora, sobre este escenario ya frágil, llega la inteligencia artificial generativa. Con toda su potencia. Con toda su facilidad. Con la promesa de resolver cualquier tarea, contestar cualquier pregunta, escribir cualquier texto, hacer cualquier resumen.
La Magnifica Humanitas dedica varias páginas del capítulo cuarto a este momento educativo — porque lo entiende como uno de los más decisivos de la encíclica. Y lo que dice no es un lamento nostálgico. Es una advertencia teológicamente cargada: si la educación se rinde a la lógica de la delegación, no formaremos ciudadanos ni cristianos. Formaremos consumidores dependientes de sistemas que no entienden.
Lo que le pasa al cerebro cuando deja de pensar
Aquí conviene detenerse en algo que la neurociencia contemporánea ha mostrado con claridad. El cerebro humano no es una computadora que viene programada de fábrica. Es un órgano que se desarrolla — literalmente — a través de lo que hace. Cada vez que leemos con atención un texto difícil, cada vez que sostenemos una idea compleja hasta comprenderla, cada vez que argumentamos con alguien y cambiamos de opinión, cada vez que descubrimos que estábamos equivocados — algo pasa dentro de nuestra cabeza. Se crean conexiones nuevas. Se refuerzan circuitos. Se transforma la estructura misma del pensamiento.
Y al revés. Cuando dejamos de hacer esas cosas, el cerebro también responde. Las conexiones que no se usan, se debilitan. Los circuitos que no se activan, se atrofian. Lo que no se ejercita, se pierde.
Esto tiene una consecuencia enorme para el tema que nos ocupa. Cuando un estudiante — o un adulto — delega en un sistema de IA la tarea de pensar críticamente sobre un texto, cuando pide que le resuman un libro que debía leer, cuando entrega un ensayo que no ha escrito, cuando acepta como respuesta lo primero que aparece sin cuestionarlo — no está solo tomando un atajo. Está desactivando las funciones cerebrales más específicamente humanas.
Porque pensar críticamente no es un lujo intelectual. Es lo que hace evolucionar nuestro cerebro. Es lo que nos hace crecer como personas. Es lo que nos distingue de los sistemas automáticos que solo procesan información. Un ser humano que no ejercita el pensamiento crítico va perdiendo, poco a poco, la capacidad misma de ser un sujeto activo frente a la realidad. Se va convirtiendo en receptor pasivo de lo que otros — o lo que otros a través de sistemas — deciden mostrarle.
Y esto es algo profundamente serio. Porque el pensamiento crítico no es solo un asunto académico. Es un acto totalmente humano. Es la capacidad de detenerse frente a una información y preguntarse: ¿es esto verdad? ¿Quién lo dice y por qué? ¿Qué se está omitiendo? ¿Coincide con lo que sé por otras vías? ¿Cómo me afecta? Sin esa capacidad, el ser humano queda a merced de cualquier corriente que lo empuje. Queda incapaz de discernir. Queda incapaz de resistir. Queda incapaz — en el fondo — de ser libre.
Nos están habituando a no pensar
Por eso la educación es tan importante en este momento. Y por eso la delegación del pensamiento a los sistemas de IA es tan peligrosa. No porque los sistemas sean malos. Sino porque nos están habituando a no pensar. Y un ser humano habituado a no pensar deja de ser plenamente humano en un sentido muy concreto y muy antiguo.
Lo que la escuela no puede delegar
León XIV lo dice con claridad en la encíclica. Educar no es transmitir información. Educar es formar personas. Y hay dimensiones de esa formación que ninguna máquina puede realizar — no porque sea mala tecnología, sino porque no son operaciones cognitivas. Son procesos existenciales que requieren la presencia de otro ser humano.
La encíclica menciona varias de esas dimensiones. Vale la pena detenerse en las principales.
La primera es la formación del criterio propio. Una persona aprende a pensar por sí misma cuando otra persona — un maestro, un padre-madre, un mentor — la acompaña en el ejercicio de pensar. Le hace preguntas. Le escucha. La desafía. La corrige con paciencia. Le muestra que puede equivocarse y volver a empezar. Ese acompañamiento lento, personalizado, cargado de tiempo compartido, es exactamente lo que un sistema de IA no puede reemplazar. Un chatbot puede darte una respuesta. Pero no puede enseñarte a hacer preguntas propias.
La segunda es la formación de la atención. La atención es un músculo que se ejercita. Y se ejercita, sobre todo, cuando otra persona significativa te enseña a sostenerla. Te enseña a leer un libro entero sin interrumpirte cada dos minutos. Te enseña a quedarte con una idea difícil hasta comprenderla. Te enseña a estar con otra persona sin mirar el teléfono. Todo eso no se puede aprender solo con instrucciones. Se aprende viendo cómo lo hacen los otros. Y sin adultos que modelen la atención, ninguna aplicación educativa formará estudiantes capaces de concentrarse.
La tercera es la formación de la conciencia moral. Los sistemas de IA pueden generar respuestas éticamente correctas. Pueden citar los mandamientos, los principios, los valores. Pero no pueden formar la conciencia — que es esa capacidad interior de reconocer, en cada situación concreta, qué es lo justo, qué es lo verdadero, qué es lo amoroso. La conciencia moral se forma en la relación. En el ejemplo de personas concretas. En las conversaciones donde alguien te ayuda a discernir por qué esto sí y aquello no. Sin esa relación viva, la conciencia se atrofia — y con ella, la posibilidad misma de vivir una vida plenamente humana.
Y la cuarta es la formación del vínculo con la realidad. Un ser humano aprende a habitar el mundo real cuando toca, huele, escucha, conversa, camina, trabaja con las manos, comparte una mesa, mira a los ojos. Sin experiencia directa de la realidad, el mundo se convierte en representación — y el ser humano, en espectador de su propia vida. La escuela, la parroquia, la familia son los últimos lugares donde muchas personas todavía tienen experiencia de la realidad no mediada. Perder esos lugares — o entregarlos a la lógica de la pantalla — es empobrecer al ser humano en un sentido literal.
El maestro y la máquina
Aquí conviene decir algo delicado pero necesario. La inteligencia artificial es una herramienta poderosa. Y puede ser útil también en el mundo educativo — para tareas específicas, para adaptaciones a estudiantes con dificultades, para acceder a información. No se trata de demonizarla ni de prohibirla.
Se trata de recordar algo que estamos en peligro de olvidar. El maestro no es un dispensador de información. Nunca lo fue, aunque a veces lo pareció. El maestro es alguien que — con su presencia, su tiempo, su historia, su fe, su curiosidad, su modo de estar en el mundo — muestra cómo se es un adulto capaz de pensar, sentir y amar. Y esa mostración no es una función. Es una vida encarnada frente a otras vidas.
Un algoritmo puede darte cinco maneras de resolver una ecuación. Pero solo un maestro puede mostrarte por qué vale la pena resolverla. Puede transmitir la pasión. Puede modelar la paciencia. Puede corregirte con misericordia. Puede reconocer tu esfuerzo aunque el resultado no sea perfecto. Puede ver algo en ti que tú mismo todavía no ves — y llamarte a ser eso que aún no eres.
Esa función educativa, en el sentido más antiguo y más noble de la palabra, es irreemplazable. Y toda educación que la olvide — por muy tecnológicamente avanzada que sea — está fabricando un producto, no formando personas.
La familia como primera escuela
La escuela no está sola en esta tarea. La primera escuela — y probablemente la más importante en este tiempo — es la familia. Y aquí es donde muchos padres y madres, con toda la buena voluntad del mundo, están perdiendo terreno silenciosamente.
Los niños y jóvenes hoy pasan más tiempo con pantallas que con sus padres despiertos. Y las pantallas, dice la encíclica sin eufemismos, «están diseñadas para captar y retener la atención de manera más eficaz que cualquier interlocutor humano» (cf. n. 163). No estamos compitiendo en igualdad de condiciones. La conversación en la mesa, el paseo por el parque, la lectura antes de dormir, están perdiendo la batalla contra sistemas cuidadosamente diseñados por miles de ingenieros para ganarla.
Y sin embargo, hay algo que ninguna pantalla puede dar. Una hija o un hijo que crece sabiendo que sus padres lo miran a los ojos, escuchan sus historias, se detienen a jugar con él, celebran sus pequeños logros, corrigen con paciencia sus errores — está recibiendo un tipo de formación que ninguna aplicación educativa alcanza a ofrecer. Está aprendiendo, sin darse cuenta, que él es alguien. Que su vida importa. Que hay adultos dispuestos a perder el tiempo con él — porque en el amor, perder el tiempo es lo mismo que ganarlo.
Esta es la primera batalla educativa de nuestro tiempo. Y no se libra en las escuelas ni en los ministerios de educación. Se libra en cada mesa familiar donde alguien decide guardar el teléfono para estar realmente con los que están al lado.
Un cambio de mirada
Todo esto no es una condena de la tecnología. Es una invitación a un cambio de mirada. A recuperar el sentido antiguo de qué significa educar — y por qué es una tarea sagrada.
Educar es ayudar a alguien a convertirse en la persona que Dios lo llama a ser. Es un acto de fe. Un acto de esperanza. Un acto de amor. Es creer que este niño, esta joven, este estudiante que tengo delante — con todas sus limitaciones y sus resistencias — tiene un destino que merece ser acompañado.
Ningún sistema puede hacer eso. Porque ningún sistema puede querer a alguien. Puede simular interés. Puede adaptar su tono. Puede recordar preferencias. Pero no puede querer. Y sin querer, no hay educación posible — solo hay entrenamiento.
Este momento cultural nos invita a recuperar esa distinción. Y a defenderla con inteligencia y con constancia. En la escuela. En la parroquia. En la familia. En cada relación educativa que sostenemos.
Porque lo que está en juego no es solo el rendimiento académico. Es qué tipo de seres humanos estamos formando — y qué tipo de seres humanos nos estamos permitiendo ser nosotros mismos — para el siglo XXI. Y esa pregunta, con permiso de las nuevas tecnologías, sigue siendo, y seguirá siendo, una responsabilidad exclusivamente humana.


