En el post anterior nos quedamos con una pregunta incómoda. La Magnifica Humanitas describe un mundo donde la guerra se normaliza, donde los algoritmos premian el enfrentamiento, donde el discurso público se llena de narrativas que dividen el mundo entre buenos y malos. Frente a un panorama así, es fácil sentir que el problema es demasiado grande y que uno, individualmente, no puede hacer nada.
León XIV rompe esa sensación de impotencia con una propuesta que sorprende por su sencillez. No empieza pidiendo tratados internacionales ni reformas del sistema multilateral —aunque también hable de eso más adelante—. Empieza con algo que está literalmente al alcance de cualquier persona, todos los días, en cada conversación: «Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra» (n. 214).
Nueve palabras. Y contienen una de las intuiciones más profundas de toda la encíclica.
El poder que subestimamos
Solemos pensar que la violencia empieza con las armas. La encíclica insiste en algo distinto: la violencia empieza mucho antes, en el lenguaje que usamos para nombrar al otro. Antes de que exista un conflicto armado, existe un vocabulario que preparó el terreno. Existe la costumbre de hablar del que piensa distinto como enemigo. Existe la simplificación que reduce a una persona compleja a una etiqueta. Existe el desprecio disfrazado de humor, de ironía, de «solo estoy diciendo la verdad».
No es una intuición nueva en la tradición. Santiago lo escribió hace veinte siglos: la lengua es un fuego pequeño capaz de incendiar un bosque entero (cf. St 3, 5-6). Lo que hace León XIV es leer esa advertencia antigua en el contexto de un mundo donde la palabra viaja más rápido y más lejos que nunca, y donde el incendio ya no se limita a una aldea.
León XIV lo dice con una claridad que no deja espacio para excusas: «La paz comienza por cada uno de nosotros, por el modo en el que miramos a los demás, escuchamos a los demás, hablamos de los demás» (n. 214). No dice que la paz comience en las cumbres diplomáticas. Dice que comienza en la mirada, en la escucha, en cómo hablamos de quien no está presente para defenderse.
Y conviene recordar aquí lo que ya trabajamos en el post sobre la verdad como bien común: los sistemas digitales premian exactamente lo contrario de lo que la encíclica pide, porque la indignación retiene la atención mejor que el matiz. Cada uno de nosotros, sin proponérnoslo, puede terminar alimentando esa lógica cada vez que reacciona con la misma moneda que recibe.
Un examen que nadie nos pide hacer
La encíclica invita a algo que rara vez nos detenemos a practicar: examinar las palabras que usamos con la misma seriedad con que examinaríamos cualquier otra acción. León XIV lo dice explícitamente: hay que «hacer un examen de conciencia sobre las palabras que usamos, sobre los prejuicios de los que están impregnadas y sobre la agresividad, abierta o encubierta, que las motiva» (cf. n. 214).
Quien conozca la tradición ignaciana reconocerá el gesto. El examen diario que Ignacio proponía no era una contabilidad de pecados sino una manera de revisar dónde estuvo el corazón durante el día. Lo que la encíclica propone es, en el fondo, ese mismo examen aplicado al lenguaje:
¿dónde estuvo mi palabra hoy? ¿A quién nombró, y cómo?
Este examen no es un ejercicio abstracto de buena voluntad. Es concreto y verificable. ¿Cómo hablamos de la persona con la que discrepamos políticamente? ¿Necesitamos reducirla a una caricatura para sentirnos seguros de nuestra propia posición? ¿Compartimos contenido que ridiculiza al que piensa distinto, sin preguntarnos si eso construye algo o simplemente descarga una frustración? ¿Usamos el humor como puente hacia el otro, o como arma para humillarlo desde la distancia segura de una pantalla?
Ninguna de estas preguntas exige asistir a un tratado de paz internacional. Exigen algo mucho más cercano y, por eso mismo, mucho más exigente: mirar hacia adentro.
Lo que sí está en nuestras manos
La encíclica lo cierra con una frase que conviene recordar cada vez que sintamos la tentación de la impotencia: «Tenemos una posibilidad real de contribuir al bien cada vez que decimos la verdad, que damos un consejo sabio, que apoyamos a quien necesita consuelo, que denunciamos una injusticia o damos voz a quien no la tiene» (n. 214).
Nótese que no todas esas acciones son suaves ni complacientes. Decir la verdad puede incomodar. Denunciar una injusticia puede generar conflicto. Desarmar las palabras no significa evitar todo desacuerdo o convertirse en alguien que nunca confronta nada. Significa que incluso el desacuerdo, incluso la denuncia, incluso la corrección de un error ajeno, pueden hacerse sin la carga de desprecio que convierte al otro en enemigo en lugar de en interlocutor.
Hay que decir algo más, porque este examen no termina en la conciencia individual. Las comunidades también tienen un vocabulario, y a veces uno bastante gastado. En cualquier parroquia se sabe de qué hablo: la manera en que se comenta al párroco cuando no está, el «esos del grupo de oración» dicho con cierto tonito, la vieja rivalidad con el movimiento de al lado que nadie recuerda cómo empezó pero todos alimentan. Nada de eso parece violencia. Pero es el mismo mecanismo en miniatura: un lenguaje que va convirtiendo al hermano en categoría, y a la categoría en adversario. Una comunidad que quiera tomarse en serio el n. 214 podría empezar por ahí, por escucharse hablar de los ausentes.
Es la diferencia entre decir «estás equivocado y esto es lo que pienso» y decir «eres un imbécil por pensar eso». El desacuerdo puede ser el mismo. Lo que cambia es si el otro sigue siendo alguien con quien se puede hablar mañana.
Y quizás ese sea el criterio más honesto para el examen que propone la encíclica. No si ganamos la discusión, ni siquiera si teníamos razón. Sino qué quedó del otro después de nuestras palabras.
En el próximo post seguiremos con lo que León XIV sí pide a las estructuras: porque desarmar las palabras no sustituye desarmar los arsenales, y la encíclica no permite quedarse cómodamente en lo personal. Mientras tanto, la tarea queda planteada. Empieza hoy, en la próxima conversación.


