El gran engaño de nuestra cultura occidental —y de cierta espiritualidad de vitrina— es que para ser cristiano hay que ser invulnerable. Nos han vendido un modelo de creyente que es una especie de superhéroe de la moral: impecable, competitivo, sin fisuras y siempre exitoso. Un individuo que, ante la crisis, saca pecho y repite el eslogan de moda: «De esta salimos más fuertes».
Pero la realidad no es un anuncio de televisión. Las crisis no se idealizan; duelen. Tres millones de muertos no son una estadística para adornar un sermón; son rostros, son vacíos, son heridas abiertas.
Hace un tiempo, en el espacio de #DiálogosEnRed del Centro Arrupe de Valencia, me senté a conversar con la teóloga Mariola López y el jesuita Toni Catalá bajo un título que nos quemaba en las manos: «Pandemia, crisis y oportunidad espiritual». Y ahí, desde la distancia virtual pero con la cercanía del corazón, pusimos sobre la mesa una verdad incómoda: la verdadera fortaleza cristiana no tiene nada que ver con la autosuficiencia del fuerte. Al contrario, empieza cuando nos atrevemos a estar, como decía Bonhoeffer, «sin Dios frente a Dios», desnudos ante nuestra propia fragilidad.
Si quieres asomarte a este espacio de debate teológico y existencial, te comparto el encuentro completo:
Tres bofetadas de realidad para despertar la fe
En mi intervención quise rescatar tres intuiciones que creo que descolocan la comodidad de nuestros discursos eclesiales tradicionales y que nos urgen a un cambio de rumbo:
- La espiritualidad de la urgencia: No hay tiempo para místicas desencarnadas. La realidad nos urge. Nos urge el cambio climático, nos urge el drama del migrante, nos urge el grito del que sufre. Una fe que no se traduce en el modo en que comes, en el modo en que gastas y en el modo en que cuidas la casa común, es solo ideología.
- El evangelio se aprende en las distancias cortas: Viniendo de Venezuela y viviendo el quehacer teológico en contextos académicos donde el «espacio personal» es sagrado e intocable, he redescubierto que lo esencial de la vida se juega en el abrazo. Hay comunidades sencillas, golpeadas por la precariedad, que ya sabían vivir desde lo esencial mucho antes de que la crisis nos confinara a todos. Su teología no se escribe en grandes tomos; se saborea en la mesa compartida, en el cuidado mutuo, en saber que el otro no es una amenaza, sino el rostro que te reconstruye.
- El miedo no es pecado, es condición humana: Nos impactó ver al Papa Francisco solo, bajo la lluvia, en una plaza de San Pedro desierta, recordándonos que todos estamos en la misma barca. El miedo nos habita. Ocultarlo nos vuelve prepotentes y autoritarios; compartirlo nos humaniza. Cuando Jesús pregunta en la tormenta: «¿Aún no tenéis fe?», no nos está regañando por tener miedo; nos está invitando a renovar la fe sacándola de los templos y de las rúbricas rígidas para llevarla a la vida doméstica, ahí donde el dolor se toca.
Recrear los gestos, derramar el perfume
La iglesia no puede seguir actuando como si nada hubiera pasado. La crisis nos agarró desprevenidos, sin saber muy bien qué hacer cuando se cerraron los templos. Y la respuesta no es volver a una «nueva normalidad» que clone el pasado.
El desafío actual de la formación y del caminar eclesial es el oficio de seguir preguntándonos cosas, de cultivar la palabra y de atrevernos a recrear los gestos de Jesús. Nos toca salir a compartir el pan y, sobre todo, a derramar los perfumes de la gratuidad que se convierten en ungüento sobre tantas pieles heridas.
Y tú, en tu comunidad o en tu vida diaria, ¿sigues buscando una fe de certezas blindadas o te estás atreviendo a habitar la intemperie de la vulnerabilidad? Nos encontramos abajo, en los comentarios.

