No estamos en una crisis. Estamos en un cambio de época

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Una crisis pasa. Se aguanta, se resuelve, el sistema encuentra su cauce. Un cambio de época, no. Un cambio de época hay que aprenderlo a habitar — y eso es muy distinto.

León XIV lo dice sin rodeos en la Magnifica Humanitas: estamos viviendo una «rápida fase de transición», un «cambio de época» en el que la mayoría de las personas «permanece a la espera, observa desde lejos y simplemente aguarda a que todo salga bien». (n. 6) Una descripción que, leída con honestidad, nos retrata a casi todos.

No es la primera vez que escuchamos esta expresión desde Roma. El Papa Francisco la había usado antes, con la misma urgencia, para describir las transformaciones de nuestra época. León XIV la retoma y la lleva un paso más allá: si Francisco nos alertó sobre el cambio de época, su sucesor nos pregunta directamente qué vamos a hacer con él. Las preguntas que plantea «ya no pueden eludirse»: ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana?

No son preguntas retóricas. Son preguntas urgentes.

Lo que de verdad está cambiando

No son solo las herramientas. No es solo la velocidad a la que ocurren las cosas. Lo que está cambiando es la estructura misma de la experiencia humana — la manera en que procesamos el conocimiento, en que nos relacionamos con los otros, en que nos comprendemos a nosotros mismos.

Durante siglos, el progreso fue sinónimo de más y más rápido. La tecnología era una extensión de la mano humana — un instrumento poderoso, sí, pero un instrumento. Nosotros decidíamos.

La inteligencia artificial rompe esa lógica. Y la encíclica lo dice sin eufemismos: «nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma». (n. 4) Lo que antes era poder de los estados, hoy está «predominantemente en manos de actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos». (n. 5)

Cuando el poder tecnológico adquiere ese rostro — opaco, privado, difícil de gobernar — la pregunta ya no es solo cómo usamos la tecnología. La pregunta es quién manda. Y para qué.

El giro más profundo

Hay una idea que circula con fuerza entre los pensadores más lúcidos de este tiempo. No viene de los extremos — ni del alarmismo apocalíptico ni del entusiasmo tecnócrata. Viene del centro mismo del debate: por primera vez, el verdadero progreso no se mide por la capacidad de decir sí, sino por la capacidad de decir no.

Mustafa Suleyman, uno de los fundadores de DeepMind, lo afirma sin ambages: la contención tecnológica — la capacidad de frenar, regular, poner límites deliberados — es el mayor desafío al que se ha enfrentado la humanidad. No la adopción. La contención.

Tristan Harris y Aza Raskin, que advirtieron al mundo sobre el dilema de las redes sociales antes de que nadie lo viera, dicen lo mismo sobre la IA: ganar esta carrera no significa ser el primero en desplegar el modelo más poderoso. Significa tener la sabiduría colectiva de saber cuándo y dónde decir que no.

La Magnifica Humanitas no cita a estos pensadores. Pero los precede. Y los trasciende.

Porque lo que León XIV propone no es solo ética tecnológica — es antropología. Una visión del ser humano que se niega a reducirse a usuario, a dato, a nodo en una red que otros diseñaron. «Pedir prudencia, controles rigurosos y, en ocasiones, también una ralentización en la adopción de la IA no significa estar en contra del progreso, sino ejercitar un cuidado responsable hacia la familia humana.» (n. 106)

Y añade algo que vale subrayar: si no actuamos con esa lucidez, «el cambio será gobernado sólo por lógicas tecnocráticas y presentado como necesario e imprescindible, terminando por imponer reglas dictadas por quienes poseen datos, infraestructuras y capacidad de cálculo». (n. 106)

Lo que este momento nos pide

Un cambio de época no se navega con las categorías del tiempo anterior. Las respuestas de ayer no alcanzan para las preguntas de hoy.

La fe cristiana ha atravesado otros cambios de época. La caída de Roma, el Renacimiento, la Ilustración, las convulsiones del siglo pasado. En cada uno de esos momentos, la Iglesia tuvo que aprender a leer los signos del tiempo — sin confundirlos con el fin del mundo ni con la llegada del paraíso.

Este momento no es diferente. Y la tentación de siempre sigue siendo la misma: o la parálisis o la rendición. O nos encerramos en la nostalgia de un mundo que ya no existe, o nos dejamos arrastrar por una corriente que no hemos elegido.

La primera elección no es entre un «sí» o un «no» a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén.

La Magnifica Humanitas propone una tercera vía. Dos imágenes bíblicas la iluminan desde el principio: la torre de Babel y la reconstrucción de Jerusalén por Nehemías. «La primera elección no es entre un «sí» o un «no» a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén.» (n. 9) Entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo los muros de la convivencia fraterna.

No se trata de tenerle miedo a la inteligencia artificial. Tampoco de adoptarla sin criterio. Se trata de algo más exigente y más humano que ambas cosas: comprender el tiempo que vivimos para habitarlo desde lo que somos, desde lo que creemos, desde esa «magnífica humanidad que se nos ha dado y revelada en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor». (n. 15)

¿Estamos dispuestos a asumir ese desafío?

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