Soy teólogo, no podría sino empezar reflexionando en este rincón con la palabra Dios. A la vez, es la palabra más difícil y compleja. Ser teólogo se comprende desde el griego Theós (Dios) y lógos (pensamiento o palabra). La vocación de un teólogo es, de alguna forma, el ejercicio de una palabra sobre Dios. Tal vez sea la última palabra que un teólogo podría pronunciar al final de su vida, así que me aventuraré en este ejercicio, que reconozco como totalmente temporal.
Dios es una palabra que no es fruto de una invención personal, sino que, de algún modo, nos ha sido entregada. Dos cosas son posibles: afirmarla o negarla, ambas igualmente válidas y posibles. Por supuesto, soy libre o no de compartir las razones que llevan a afirmar o negar esta palabra, pero no puedo ignorar el hecho de haberla recibido en un contexto histórico y en una historia compartida. He aprendido la palabra «Dios», en cierto modo, porque otros me enseñaron a pronunciarla o a negarla.
Como teólogos, nos hacemos cargo del peso de esta palabra a través de los siglos, no únicamente en el nuestro. Pero más allá de esto, ya Voltaire y otros filósofos veían la doble necesidad de esta palabra o de la religión para domesticar a la humanidad. En mi caso, esta palabra puede ser la única que, como decía el teólogo alemán Karl Rahner, quizá permita que lo humano sea cada vez más humano, liberándonos de los estrechos límites de nuestras visiones, sueños e ilusiones.
Como bien intuye François Varillon, es una palabra que, al pronunciarla, nos desfonda, nos retorna a lo más propio e íntimo de nuestro existir. Es una palabra que solo puede ser pronunciada y compartida, nunca impuesta, porque hay palabras como amor, amistad y compasión que no pueden ser impuestas. Sus contrarias—odio, enemistad, indiferencia—sí lo son; se imponen y, en ese acto, pierden su poder creador y transformador. No humanizan, sino que deshumanizan, erosionan y destruyen.
La palabra «Dios» no tiene sentido si solo se dice, se repite o se sobreentiende. Lo mismo ocurre con otras palabras fundamentales. El amor y la amistad, por ejemplo, no pueden reducirse a un simple acto de hablar. No basta con decir «amor» o «amistad» para que existan; estas palabras cobran sentido solo cuando se viven, se pronuncian con verdad y se evocan desde la experiencia.
Existen palabras que crean y palabras que destruyen. Dios solo puede ser una de las primeras.
La palabra «Dios» se pronuncia y se evoca. «Pronunciar» proviene del latín pro- (adelante) y nuntiare (anunciar). Pronunciar la palabra «Dios» es anunciar a Alguien delante de nosotros, alguien que nos libera del tedio del ego, del yo, de la autorreferencialidad.
Evocar viene del latín evocare (ex- + vocare), es decir, una palabra que posee y que llama a la memoria. Hay palabras que resumen nuestra historia vivida y abren nuevas realidades cuando se dicen. Todos conocemos este tipo de palabras pronunciadas y evocadas al mismo tiempo.
La gran tragedia ocurre cuando esta palabra, «Dios», queda reducida a un mero acto de hablar. No es una palabra que simplemente se dice; es una palabra que debe ser pronunciada y evocada cuando se internaliza, se discierne y se profundiza. Solo así la palabra «Dios» nos devuelve a nuestra realidad más profunda, recobrando toda su fuerza humanizadora.
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Comment (1)
Enrique Salas
marzo 11, 2025 at 18:06Querido Félix, gracias por esta condensada reflexión. Al leerte pienso sobre todo en la posibilidad de que esta palabra, además de ser creadora, en cuanto es pronunciada y evocada por el teólogo-a no deja de ser una palabra penúltima como diría Pere Casaldáliga, un balbuceo, en palabras de Michael Moore.
¿Puede una penúltima palabra ser creadora? ¡Ojalá!