¿Cuántas veces hemos sentido que orar es repetir fórmulas sin alma, o cumplir con una obligación que nos deja igual de vacíos que antes? En su catequesis del 28 de septiembre de 2022, el Papa Francisco nos invita a descubrir un camino mucho más cercano, tierno y liberador: la oración como amistad con Dios. Una oración que no se basa en la perfección, sino en la familiaridad afectuosa, donde el corazón se abre con libertad ante el Amigo fiel que nunca nos abandona.
La oración: primer paso del discernimiento
El discernimiento espiritual no comienza en la lógica ni en la estrategia, sino en el encuentro profundo con el Señor. Para saber a dónde nos llama Dios, necesitamos antes aprender a reconocer su voz. Y eso solo es posible si pasamos tiempo con Él.
La oración, nos dice el Papa, no es un método frío ni una técnica, sino una relación viva. Como con un amigo de toda la vida, no siempre hacen falta muchas palabras: a veces basta un “hola”, una sonrisa, o simplemente estar juntos en silencio. Un ejemplo entrañable que nos regala Francisco es el de un hermano religioso que al pasar frente al sagrario decía simplemente: “Hola”. ¿No es eso lo que anhela el corazón?
“Pidamos esta gracia: vivir una relación de amistad con el Señor, como un amigo habla al amigo.” —Papa Francisco
Discernir desde la confianza, no desde el miedo
Muchos de nosotros, incluso dentro de la vida cristiana, vivimos con la sospecha de que la voluntad de Dios podría quitarnos la felicidad. Tememos que si le damos todo, perderemos lo que amamos. Pero el Evangelio nos recuerda una y otra vez que Dios desea nuestra plenitud más que nosotros mismos. La oración sincera y cercana nos permite disolver ese temor, dejando espacio para una fe madura, que no pide seguridades, sino que aprende a confiar.
Como enseña San Juan de la Cruz: “El alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa.”
Orar para vivir en plenitud
El discernimiento auténtico no es huida del deseo, sino integración del corazón humano. Jesús no nos pide que renunciemos a la alegría, sino que la vivamos en su plenitud. Cuando oramos con libertad y afecto, el alma se ensancha. Aprendemos a vivir con paz, incluso cuando no tenemos todas las respuestas.


