Primera reflexión desde Magnifica Humanitas
Hay una pregunta que muchos me hacen desde que comencé esta serie de reflexiones sobre la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV. Y es una pregunta que, bien mirada, ya contiene su propia respuesta:
¿Puedo usar ChatGPT? ¿Puedo usar Claude?
La pregunta asume que hay una elección real entre usar o no usar. Pero la verdad es que esa elección ya no existe — al menos no de manera absoluta. La inteligencia artificial no es una aplicación que decidimos instalar o no. Es una realidad que ya habita nuestra vida cotidiana — en el corrector ortográfico, en el algoritmo que ordena nuestra bandeja de entrada, en el sistema que aprueba o rechaza una solicitud de crédito, en la plataforma que decide qué noticias vemos esta mañana. No podemos sustraernos completamente a ella aunque quisiéramos.
Y en el ámbito del trabajo, la IA ya ahorra procesos, reduce tiempos, amplía posibilidades. Ignorar eso sería un idealismo que la misma encíclica nos pide evitar.
La pregunta real, entonces, no es si usarla o no. Es cómo habitarla sin ser habitados por ella.
El valor real de la técnica — lo que la encíclica reconoce
El Papa León XIV no llega a este debate con desconfianza hacia la técnica. La encíclica reconoce abiertamente que la inteligencia artificial puede ampliar las posibilidades del conocimiento humano, liberar energías para actividades más creativas y mejorar las condiciones de vida de millones de personas. Hay un valor real — y negarlo sería deshonesto.
Pero hay algo que la encíclica nombra con una precisión que merece atención: la técnica no es neutra. No porque sea mala en sí misma, sino porque «toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza.» (n. 9)
Esto cambia completamente el horizonte de la pregunta. No se trata de juzgar la herramienta — se trata de preguntarse quién la diseñó, con qué valores, al servicio de qué intereses, con qué visión del ser humano inscrita en sus datos y en sus modelos.
Porque toda tecnología lleva inscrita una visión del ser humano — muchas veces invisible, pero siempre presente en lo que mide, en lo que ignora y en lo que decide que vale.
La trampa sutil — cuando la técnica deja de servir y empieza a mandar
Hay una trampa sutil que León XIV identifica con precisión: cuando la técnica deja de ser instrumento y se convierte en criterio. Cuando ya no preguntamos para qué sino simplemente cómo. Cuando la eficiencia reemplaza al sentido. Cuando lo que puede hacerse sustituye a la pregunta de lo que debe hacerse.
La razón técnica, nacida para servir, termina ocupando el espacio que antes pertenecía a la búsqueda de la verdad, de la belleza, del bien. Y lo hace sin que nos demos cuenta — a la velocidad de un algoritmo que aprende más rápido de lo que deliberamos.
Y hay algo más que la IA no puede hacer — por mucho que simule hacerlo. No puede comprender en el sentido pleno del término. No puede amar. No puede perdonar. No puede discernir desde la conciencia, desde la historia vivida, desde la apertura al misterio. León XIV lo dice con una claridad que merece detenerse: «Ningún sistema de cálculo genera una conciencia capaz de discernir el bien.» (n. 198)
Ahí está la diferencia. No entre usar o no usar — sino entre ser sujeto o ser objeto de la tecnología.
Más allá de la regulación — desarmar la técnica
Hay una palabra en la encíclica que me detuvo cuando la leí por primera vez. Una palabra que no esperaba encontrar en un documento del Magisterio. León XIV dice que no basta regular la inteligencia artificial. Es necesario desarmarla. (n. 110)
Desarmar. Una palabra que viene del lenguaje de la guerra — y que el Papa León XIV usa deliberadamente para nombrar algo muy preciso.
Desarmar la IA no significa abandonarla ni prohibirla. Significa algo más radical y más necesario. Significa sustraerla a la lógica de la competencia y el dominio — esa carrera por el algoritmo más potente y el banco de datos más amplio para consolidar ventajas económicas y geopolíticas. La IA se ha convertido en un nuevo armamento — no de balas sino de datos, predicciones y poder de moldear lo que millones de personas consideran real, deseable y verdadero.
Significa romper la equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Que alguien tenga más datos o algoritmos más sofisticados no le otorga el derecho de decidir por todos. El poder tecnológico no es un mandato democrático — y cuando se comporta como si lo fuera, algo profundamente humano queda excluido.
Y significa hacerla discutible, refutable y habitable — devolverle pluralidad, restablecer en ella las voces y culturas que han sido subrepresentadas, y garantizar que las comunidades puedan participar en su diseño y no solo en su consumo.
Desarmar la IA es, en el fondo, un acto de resistencia espiritual. Es negarse a dejar que la lógica del sistema decida por nosotros quiénes somos.
La pregunta que queda abierta
Entonces, ¿cómo usamos algo que no podemos evitar, que tiene un valor real, pero que no es neutro y que puede habitarnos si no lo habitamos nosotros primero?
La encíclica nos propone una respuesta que no es técnica sino existencial y práctica al mismo tiempo. Una respuesta que no pasa por la prohibición sino por cinco gestos concretos — cinco hábitos que sostienen la libertad interior frente a la seducción tecnológica.


