Nehemías y nosotros: reconstruir ladrillo a ladrillo

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En el post anterior nos quedamos con una imagen que sigue trabajando por dentro. La de un hombre que llora antes de actuar. La de una ciudad en ruinas que renace no por decreto sino por consenso. La de una reconstrucción que empieza por los vínculos y solo después toca las piedras.

Nehemías. Un nombre que hasta hace poco ocupaba un lugar discreto en los estudios bíblicos y que hoy, gracias al trabajo de exégetas contemporáneos, ha regresado con fuerza al centro de la conversación teológica. Y no por casualidad. Nehemías es el tipo de figura que los tiempos de crisis necesitan. No un héroe. Un constructor.

Pero para que su gesto nos hable de verdad — para que no se quede en una anécdota edificante del Antiguo Testamento — hay que mirarlo despacio. Y hay que preguntarse algo más incómodo: ¿qué de todo lo que Nehemías hizo podría hoy hacerlo una inteligencia artificial? Y sobre todo: ¿qué es exactamente lo que ninguna máquina podrá jamás replicar?

Porque en esa pregunta está el corazón de este tiempo.

Lo que la máquina sí puede hacer

Seamos honestos. Muchas de las tareas que aparecen en el libro de Nehemías podrían hoy delegarse a un sistema de inteligencia artificial. Coordinar equipos de trabajo. Distribuir tareas por gremios. Optimizar los turnos de construcción. Calcular los recursos necesarios. Generar comunicaciones para el pueblo. Incluso, en un sentido operativo, «liderar» un proyecto de reconstrucción urbana.

Un buen sistema de gestión con IA haría todo eso con una eficiencia que dejaría a Nehemías impresionado.

Y sin embargo, si Nehemías hubiera sido reemplazado por un sistema así, Jerusalén no habría vuelto a ser Jerusalén. Habría sido una ciudad reconstruida — pero no un pueblo recuperado.

Porque hay algo que la máquina no puede hacer. Y ese algo es lo que sostiene realmente toda la historia. Miremos tres cosas.

Primera: llorar antes de actuar

Vivimos rodeados de urgencia. Todo pide respuesta inmediata. Cada crisis, cada noticia, cada notificación reclama una reacción — un comentario, una opinión, un gesto. La IA no ha creado esta cultura de la inmediatez, pero la ha llevado a un nivel que hasta hace pocos años nos habría parecido irreal. Todo lo que sabemos, lo sabemos ya. Todo lo que decidimos, lo decidimos rápido. Todo lo que respondemos, lo respondemos antes de haber pensado.

Nehemías hace lo contrario.

Recibe la noticia de que Jerusalén está en ruinas y no reacciona. No convoca. No planifica. No lanza una campaña. El texto dice literalmente que se sentó, lloró y estuvo en luto durante varios días (cf. Ne 1,4). Después ayunó y rezó. Y solo después de meses — no días, meses — pidió permiso al rey para regresar.

Los exégetas contemporáneos insisten en que el gesto inicial de Nehemías no es debilidad ni parálisis. Es discernimiento. Es dejar que el dolor se instale antes de traducirlo en acción. Es entender que las respuestas rápidas suelen ser respuestas superficiales — y que las decisiones que reconstruyen realmente algo necesitan primero silencio.

Un algoritmo puede procesar la noticia en milisegundos. Puede generar un plan de acción antes de que tú hayas terminado de leer el problema. Pero un algoritmo no puede llorar. No porque no pueda simular una respuesta compasiva — puede, y cada vez mejor — sino porque no puede ser afectado por lo que ocurre. No hay nada dentro que se conmueva. No hay una historia propia que se ponga en juego cuando aparece la ruina del otro.

Ser afectado por el dolor ajeno es constitutivamente humano. Es el primer indicio de que no somos individuos aislados que procesan información — somos hermanos y hermanas que se dejan tocar por lo que le pasa al otro.

Y ese es exactamente el gesto con el que empieza toda reconstrucción verdadera.

Segunda: el liderazgo distribuido — y por qué esto tiene que ver con el Sínodo

Cuando Nehemías llega finalmente a Jerusalén, no impone un plan. Examina las ruinas en silencio, de noche, sin decirle a nadie lo que había venido a hacer (cf. Ne 2,11-16). Y luego, cuando reúne al pueblo, no dice «yo voy a reconstruir esta ciudad». Dice «vamos a reconstruirla juntos«.

El capítulo 3 del libro es una lista minuciosa de familias, gremios y grupos, cada uno con su tramo específico de la muralla. Los sacerdotes trabajaron en su tramo. Los orfebres en el suyo. Los perfumistas en el suyo. Las mujeres — el texto las menciona explícitamente — trabajaron junto a los hombres. Los habitantes de Jericó reconstruyeron su parte. Los de Tecoa la suya, aunque, dice el texto con ironía, «sus nobles no se dignaron a poner el hombro» (Ne 3,5).

La exégesis contemporánea llama a esto una «geografía de la corresponsabilidad». La ciudad no se levanta porque un líder tenga la visión completa. Se levanta porque cada grupo asume su tramo y confía en que los otros están haciendo el suyo. Y porque el líder — Nehemías — no ocupa el centro. Coordina, escucha, resuelve conflictos, protege del enemigo externo. Pero no reemplaza a nadie.

Y aquí es imposible no pensar en el proceso sinodal que atraviesa la Iglesia.

El proceso sinodal que Francisco impulsó y que León XIV está llamado a continuar es, en el fondo, un intento de recuperar exactamente esta lógica de Nehemías. Caminar juntos no es un eslogan pastoral. Es una forma bíblica y antigua de entender qué significa ser Iglesia. Es la convicción de que ningún papa, ningún obispo, ningún equipo pastoral tiene solo la visión completa. Es la afirmación de que cada bautizado y cada bautizada tiene un tramo — y que el tramo del catequista importa tanto como el del teólogo, el de la mujer que cuida ancianos tanto como el del sacerdote, el del joven que duda tanto como el del anciano que reza.

La sinodalidad es Nehemías traducido al siglo XXI. Es la geografía de la corresponsabilidad aplicada a la Iglesia.

Y aquí es donde nuevamente aparece el contraste con la lógica de la inteligencia artificial. Un sistema de IA puede coordinar un proyecto masivo con eficiencia impresionante. Pero no puede convocar. No puede reunir personas alrededor de un propósito compartido de manera que cada una se sienta parte, se sienta llamada, se sienta con derecho y con deber. La convocatoria — el acto de decirle a otro «esto también es tuyo, ven a construirlo con nosotros» — es un gesto profundamente humano y profundamente eclesial que ninguna máquina puede realizar.

Porque convocar supone reconocer al otro como hermano-hermana. Como alguien que no es medio para tu proyecto sino coprotagonista. Como alguien cuya voz cuenta, aunque diga algo distinto de lo que tú esperabas.

Un algoritmo optimiza. Un hermano-hermana convoca.

Tercera: reconstruir la memoria al mismo tiempo que las piedras

Y aquí llegamos a lo más profundo del libro. Los capítulos que narran la reconstrucción de las murallas están entrelazados — no separados, entrelazados — con los capítulos que narran la lectura pública de la Torá, la celebración de las fiestas olvidadas, la renovación de la alianza (cf. Ne 8-10).

Los exégetas contemporáneos han insistido en algo importante: no se puede leer Nehemías solo como un libro de reconstrucción urbana. Y no se puede leer Esdras — el libro gemelo — solo como un libro de reforma religiosa. Los dos van juntos porque cuentan la misma historia desde dos ángulos: la reconstrucción exterior y la reconstrucción interior son la misma reconstrucción.

Los estudios bíblicos contemporáneos lo dicen con precisión: para el pueblo que regresó del exilio, reconstruir la ciudad y recuperar la Palabra eran dos caras del mismo acto. Las piedras sin la Palabra habrían sido un monumento vacío. La Palabra sin las piedras habría sido una nostalgia sin cuerpo. Solo juntas, las dos cosas hicieron un pueblo.

Y aquí es donde la pregunta sobre la IA se vuelve especialmente urgente.

Porque una máquina puede reconstruir estructuras. Puede generar sistemas eficientes. Puede optimizar procesos. Pero no puede recuperar la memoria de un pueblo. No puede leer la Torá con el pueblo y hacer que el pueblo llore de reconocimiento — como cuenta el capítulo 8 de Nehemías. No puede convocar a la conciencia común de que somos algo más que individuos que coinciden en un territorio.

Porque recuperar la memoria no es procesar información sobre el pasado. Es dejarse tocar por él. Es reconocerse en él. Es entender que uno no empezó en sí mismo — que uno viene de otros, que otros nos precedieron, que otros nos esperaron, que otros nos amaron antes de que nosotros supiéramos nuestro propio nombre.

Y eso es imposible sin ser constitutivamente hermano-hermana. Sin entender que somos con otros y para otros. Sin aceptar que la propia identidad no se construye sola sino que se recibe.

Lo que ninguna máquina podrá replicar

León XIV lo dice al inicio de la encíclica con una frase que conviene tener siempre a mano: «ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor esa magnífica humanidad» (n. 15).

¿Qué es lo que ninguna máquina puede sustituir?

No es la inteligencia. Los sistemas de IA superan cada día a los humanos en tareas cognitivas específicas.

No es la creatividad. Los modelos generativos producen textos, imágenes y música con una habilidad que hace veinte años nadie habría creído posible.

No es la eficiencia. Ninguna eficiencia humana puede competir con la de una máquina bien entrenada.

Lo que la máquina no puede replicar es lo que Nehemías representa. Ser afectado por el dolor del otro. Convocar como hermano-hermana y no como algoritmo. Recuperar una memoria común que nos hace pueblo. Reconstruir vínculos antes que estructuras. Ser constitutivamente para otros.

Ser humano no es tener conciencia. Es ser hermano-hermana. La conciencia sin la fraternidad puede ser una máquina sofisticada. La fraternidad, incluso sin sistemas sofisticados, es lo que ha construido todo lo humano que vale la pena en la historia.

Nehemías no era un genio. Ni siquiera era un profeta. Era un funcionario del rey persa que un día recibió una noticia y decidió tomarla en serio como hermano. Como parte de un pueblo. Como alguien cuya vida se juega en la suerte de los otros.

Ese es el gesto que este tiempo nos pide. Y es el gesto que la Iglesia, en su camino sinodal, está tratando de recuperar. Y es el gesto que ninguna inteligencia artificial — por muy avanzada que llegue a ser — podrá replicar jamás.

Cada uno con su tramo. Ladrillo tras ladrillo. Sin espectáculo. Sin urgencia. Con perseverancia.

Eso es reconstruir Jerusalén hoy. Y eso es también, en el fondo, lo que significa caminar juntos como Iglesia.

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