Babel o Jerusalén: la pregunta que la IA nos devuelve

PIN

La Magnifica Humanitas no empieza por la técnica. Tampoco por la ética, ni por un listado de riesgos, ni por una defensa cautelosa del progreso. León XIV toma otro camino, uno más antiguo y más honesto: empieza por dos imágenes.

Y ahí ya hay una decisión que conviene subrayar. Empezar por imágenes bíblicas no es un recurso literario. Es un modo de leer el tiempo.

Los conceptos describen desde fuera. Nos dejan a salvo, mirando la realidad como quien observa un mapa. Los símbolos, en cambio, hacen algo distinto: nos meten dentro. No nos explican lo que pasa — nos preguntan dónde estamos parados.

El filósofo Paul Ricoeur lo formuló con una precisión que ha quedado: el símbolo da que pensar. Y da que pensar precisamente porque nos implica. No podemos permanecer neutrales frente a él. Cuando entramos en el relato de Babel, no leemos sobre otros — nos leemos a nosotros mismos. Cuando entramos en el gesto de Nehemías, no admiramos un ejemplo antiguo — recibimos una pregunta directa.

Esa es la fuerza teológica de empezar con imágenes. Y esa es la razón por la que la encíclica lo hace.

Las dos imágenes son la torre de Babel (cf. Gn 11,1-9) y la reconstrucción de los muros de Jerusalén por Nehemías (cf. Ne 2-6). Dos escenas antiguas que León XIV coloca frente a frente — no como decorado, sino como criterio. Como brújula. Como la pregunta de fondo que la inteligencia artificial nos devuelve sin pedir permiso.

Y sí, se puede hablar de todo esto sin ser especialista en tecnología. De hecho, es mejor así. Porque la pregunta que León XIV pone sobre la mesa no es técnica. Es vital para nuestra existencia. Y no requiere entender cómo funciona un modelo de lenguaje para entenderla — requiere estar dispuesto a dejarse interpelar.

La torre que quería llegar al cielo

Los estudios bíblicos han insistido en algo que a veces se pierde en las lecturas moralizantes del relato: Babel no es solo una advertencia sobre el orgullo humano. Es también, y muy claramente, una crítica profética a los grandes imperios de la antigüedad — Babilonia en primer lugar — que buscaban unificarlo todo por la fuerza: una sola lengua, un solo culto, un solo poder, una sola versión de la realidad.

El relato lo dice sin rodeos. Los seres humanos se establecen en Senaar y deciden construir una ciudad y una torre «cuya cúspide llegue hasta el cielo». Buscan estabilidad. Buscan poder. Buscan «perpetuarse un nombre». Buscan, sobre todo, no ser dispersados.

Y la encíclica describe el proyecto con una precisión incómoda: «una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección». (n. 7)

Suena eficiente. Suena impresionante. Suena, incluso, deseable.

Pero León XIV lo dice claro: «el proyecto esconde un profundo engaño: es una obra concebida sin referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización». (n. 7)

Esa frase merece leerse despacio.

La grandeza de Babel no está en su tamaño. Está en su lógica. En el hecho de que, cuanto más se levanta, más se aleja de lo que le da sentido. Y cuando la ciudad se edifica «sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma, la comunicación se rompe, las lenguas se confunden y los seres humanos ya no se comprenden». (n. 7)

El resultado no es la unidad. Es la dispersión.

El síndrome de Babel en este tiempo

La encíclica no se queda en el pasado. Nombra directamente cómo esa lógica antigua reaparece hoy. La llama «síndrome de Babel»: «la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único — incluso digital — capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos». (n. 10)

No hace falta entender de tecnología para reconocer ese rostro. Basta con haber tenido la sensación, alguna vez, de que un algoritmo nos entiende mejor que quienes viven con nosotros. De que una plataforma nos conoce en aspectos que ni nosotros mismos nos habíamos atrevido a mirar. De que el mundo digital tiene un lenguaje único al que hay que adaptarse — o quedarse fuera.

Ese lenguaje único, esa gramática que parece traducirlo todo, es la torre.

León XIV lo dice con toda claridad: ese es «el riesgo de la deshumanización — construir el futuro excluyendo a Dios y reduciendo al otro a un medio —, una tentación antigua y siempre nueva, que hoy también toma un rostro técnico». (n. 10)

Y la imagen no nos deja tranquilos. Porque, si Babel es un símbolo, entonces la pregunta que nos devuelve no es «¿es esto Babel?» — es «¿estamos dentro?».

El hombre que regresó a una ciudad en ruinas

Frente a Babel, la encíclica coloca otra imagen. Otro modo de estar en el mundo. Otra manera de construir.

Nehemías es un personaje que los exégetas contemporáneos han redescubierto con fuerza en las últimas décadas. Y no solo por lo que hizo, sino por cómo lo hizo. Su historia empieza en el exilio. Nehemías es judío, sirve al rey persa Artajerjes, y desde lejos recibe la noticia de que Jerusalén sigue en ruinas. Las murallas caídas. Las puertas quemadas. El pueblo disperso.

Y lo primero que hace no es actuar. No es planificar. No es organizar una campaña. Lo primero que hace es llorar. Ayunar. Rezar. Interceder por el pueblo. (cf. Ne 1-2)

Solo después de eso pide permiso al rey para regresar. Y una vez en Jerusalén, la encíclica lo describe así: «examina en silencio los lugares destruidos. No impone soluciones desde lo alto. Convoca a las familias, confía a cada una un tramo de muralla para reconstruir, escucha los temores, coordina los esfuerzos y hace frente a las oposiciones». (n. 8)

Nada de esto es casual. Los estudios bíblicos han mostrado algo importante: el libro de Nehemías no es solo un relato político sobre una reconstrucción urbana. Es una liturgia. La ciudad se reconstruye, sí — pero simultáneamente se recupera la lectura pública de la Torá, se restaura la memoria del pueblo, se celebran las fiestas olvidadas, se reencuentra la identidad perdida.

Nehemías no reconstruye solo murallas. Reconstruye un pueblo capaz de escuchar juntos la Palabra.

Por eso la encíclica dice algo que suena sencillo pero cambia todo: «Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras». (n. 8)

Léelo otra vez. Los vínculos antes que las piedras.

Esa es la diferencia estructural entre Babel y Jerusalén. No la altura de lo que se construye. No la eficiencia del método. No el poder de las herramientas. Es lo que se pone en el centro. Y lo que se reconstruye primero.

La pregunta que no podemos delegar

Aquí es donde la encíclica gira hacia nosotros con una frase que conviene tener a mano cada vez que abrimos una aplicación, recibimos una respuesta automática o dejamos que una plataforma decida algo por nosotros: «La primera elección no es entre un «sí» o un «no» a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén». (n. 9)

No es una elección técnica. Es una elección que toca lo más hondo de nuestra existencia.

Porque toda tecnología, dice León XIV, «no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza». (n. 9) Detrás de cada herramienta hay una visión del ser humano. Presente en lo que mide. En lo que ignora. En lo que optimiza. En lo que decide que vale y en lo que decide que sobra.

Y la pregunta que la IA nos devuelve — la pregunta que Babel y Jerusalén nos hacen — no admite delegación. No la puede responder un algoritmo. No la puede responder un experto. Solo la podemos responder nosotros, uno a uno y como comunidad: ¿Qué estamos construyendo? ¿Y para quién?

Elegir Jerusalén hoy

La encíclica no propone huir de la técnica. Propone habitarla de otra manera. Y esa manera empieza en gestos pequeños, no en declaraciones grandes.

Empieza en decidir que en la mesa familiar los teléfonos se guardan. Que la conversación con quien está enfrente vale más que la notificación que suena. Que el rostro del otro tiene un peso que ningún perfil digital puede reemplazar. Que hay tiempos y espacios donde la lógica del rendimiento no puede entrar.

Y empieza también en algo más profundo: en la disposición a construir con otros. En dejar de creer que los grandes cambios los harán los que están arriba, y volver a la sencillez del gesto de Nehemías — cada familia con su tramo, cada persona con su parte, cada comunidad reconstruyendo primero los vínculos.

Porque, al final, Babel y Jerusalén no están fuera. Están dentro de cada decisión. En cada línea de código escrita por alguien. En cada mesa donde una pantalla puede ganar o perder terreno. En cada comunidad que elige qué reconstruir primero — si las piedras o los vínculos.

Y ahí, silenciosamente, se juega esta época.

Leave Your Comment