Si aparecen los marcianos mañana, no pasa nada con la fe — y ese, justamente, es el problema

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¿Qué pasa con Dios si los extraterrestres existen? ¿Existe siquiera?

Es la pregunta que vuelve con cada video del Pentágono, con cada audiencia del Congreso sobre UAPs, con cada titular sobre vida fuera de la Tierra. Parece una pregunta teológica. Y, mirada con calma, lleva por dentro una trampa.

La trampa no está en los marcianos. Está en la palabra misma. Dios viene del latín Deus. Y Deus, a su vez, viene de una raíz muchísimo más antigua —común al griego Zeus, al sánscrito dyaus y a las viejas lenguas europeas— que significaba, literalmente, el luminoso del cielo. Es decir: la palabra Dios nace señalando hacia arriba. Ya estaba en el cielo antes de que el cristianismo la pronunciara.

Y si Dios es por antonomasia el de arriba, cada hallazgo astronómico le quita sitio. Como si el cielo fuera un cuarto que se va llenando de inquilinos.

Pero ese nunca fue el Dios de la tradición cristiana seria. Ni el de Eckhart, ni el de Juan de la Cruz, ni el de los padres del desierto. Esa tradición creía en algo mucho más raro: un Misterio que no ocupa lugar, que no es un ser entre los seres, que no se demuestra ni se desmiente revisando el inventario del universo.

Por eso me atrevo con una formulación que parece contradicción y no lo es: Dios no existe, y justamente por eso existe.

Por eso me atrevo con una formulación que parece contradicción y no lo es: Dios no existe, y justamente por eso existe. No existe como existe una silla, un planeta, un extraterrestre. No es un ente más en el censo del universo. Es el Misterio sin nombre. Karl Rahner lo llamó Misterio sagrado. Eckhart pedía a Dios que lo librara de Dios. Juan de la Cruz lo dibujó como un monte cuya cumbre se alcanza por una sola vía: nada, nada, nada, y aun en el monte nada.

Si esa es la palabra-Dios que pronuncio, ningún marciano la sacude. Lo que se sacude —y conviene que se sacuda— es la imagen pequeña que confundimos con Dios. La del ingeniero cósmico que solo se ocupa de nosotros porque solo estamos nosotros. Es lo que Juan de la Cruz llamaría una noche oscura: caerse no es perder la fe, es purificarla.

Por eso, si aparecen los marcianos mañana, no pasa nada con la fe — y ese, justamente, es el problema. No es teológico. Es catequético. Hemos transmitido durante generaciones una palabra-Dios pequeña, manejable, demasiado humana. Esa sí se cae con cada video del Pentágono. La otra —la del silencio, la noche oscura, el despojo— nunca cupo allá arriba.

Queda, claro, una pregunta más espinosa: si hay otros seres inteligentes, ¿qué pasa con Cristo? Será el tema del próximo post.

Si quieres saber más de lo que pienso sobre este tema, te invito a escuchar el audio, donde me detengo con calma en cada uno de estos hilos.

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